Soy un apasionado de la ciencia, especialmente cuando coquetea con la cosmología y la biología, pero sólo hasta el nivel que proporcionan los ensayos de divulgación. De otro modo, pierde la gracia. Cuando intento entrar en formalismos y detalles técnicos, el placer amenaza con convertirse en tedio, el pasatiempo en trabajo, el cuento en novela...
Ya he masticado suficientes galaxias, supernovas, estrellas, dinosaurios y neandertales, como para abrir mi boca en alguna reunión y dejar ver a los asistentes desprevenidos un poco de biología, astronomía y cosmología semidigeridos. Pero no me pregunten qué hay más allá del bolo alimenticio: es posible que se encuentren lo que están imaginando.
Corría el mes de mayo de 2012 cuando me llegó la invitación por correo electrónico. Tal vez mi amigo el remitente pensó que lo que más me llamaría la atención sería el título de la conferencia: COLISIONES CÓSMICAS, EXTINCIONES MASIVAS Y CONSECUENCIAS BIOLÓGICAS. O quizás quería jactarse de que el evento se realizaría en su universidad. Y no puedo negar que me sobrecogía de la emoción por la expectativa de deleitar mis oídos con esa música. Pero no esperaba mayores sorpresas: un buen conferencista, un auditorio interesado pero lego en el tema, con preguntas buenas, pero trilladas; quizás el expositor mencionaría una o dos novedades que terminarían eclipsadas por el interés de los oyentes en otros temas básicos.
Pero entonces, leyendo el resumen que venía en la invitación, vi un nombre que me aflojó la mandíbula y me mantuvo absorto durante unos segundos: Adriana Ocampo Uría.
De inmediato contacté a la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Icesi para confirmar y reservar dos cupos.
Escuché sobre ella por primera vez en junio de 2011, cuando asistía a un curso de Astronomía que se dictó en la Biblioteca Departamental, en Cali. El director del curso, Jaime García, es su ferviente admirador y amigo. Cada vez que tenía oportunidad presumía de los prodigiosos encuentros que había tenido en con la doctora Ocampo en algunas de sus pasadas visitas a la ciudad. Nos mostraba fotografías en las que aparecía en compañía de ella venerando pedruscos estériles, o bien, camuflados entre los cardos de algún matorral criollo apuntando sus dedos a las brechas de presuntos impactos de meteoritos. En muchas de las fotos contrastaba la indumentaria de excursionista de ella con los pantalones Alberto VO5 y mocasines negros de él. Cerca del final del curso, Jaime nos dio la estocada definitiva enseñándonos un ruidoso video del lanzamiento del cohete Atlas V551 cuya misión es llevar la sonda Juno en un animado viaje de 5 años rumbo a Júpiter. El video fue grabado con su modesta cámara digital Sony Lumix de 5.0 Megapixeles, cuando la doctora Ocampo lo invitó a la Nasa en agosto de 2011. Dicen que fue el día más feliz en la vida de ella. No sé, pero evidentemente fue el día más feliz de Jaime, a juzgar por sus ojillos brillantes y el entusiasmo que quedó registrado en el video. Ya no me quedaba ninguna duda: las fotografías no habían sido retocadas y el profe no estaba chicaneando.
Lo que más llama la atención de Adriana Ocampo cuando se la ve en una foto o en vivo y en directo es su sonrisa franca y contagiosa. Realza sus pómulos y achica su mirada detrás de sus anteojos de intelectual. Parece una persona feliz, lo cual nos da un buen argumento para convencer al mundo de que ante todo, es paisana nuestra. Prácticamente nunca vivió en Colombia, pero nació en Barranquilla en 1955 y heredó de su padre colombiano ese curioso gen de la alegría incondicional. Su acento tiene una mezcla de gringo y argentino, pero su castellano es limpio y cristalino, como pude verificarlo cuando respondía a las preguntas del auditorio. Luego me enteré de que Adriana tiene familiares en Cali y por eso mantiene contacto con la ciudad con cierta frecuencia. Ha dictado conferencias en la Icesi y la Javeriana y anda entusiasmada con las ideas locas de Jaime sobre impactos de meteoritos en el suroccidente colombiano.
Tenía un año cuando se trasladó con sus padres a Buenos Aires, Argentina. De niña pasaba tiempo en la terraza soñando con viajes interestelares. Construía naves espaciales con elementos que robaba de la cocina. En compañía de Tauro, su perro, y Juanita, una muñeca a la que vestía de astronauta, viajaba imaginariamente por el cielo. Ese cielo austral tan inspirador, con constelaciones invertidas, nubes magallánicas, nebulosas y galaxias coloridas. Aparte de la pasión por el firmamento, ya se interesaba por la biología y la geología. Para sus experimentos recogía arañas y otros bichos que guardaba en el ropero. Estos, junto con el tierrero que utilizaba para hacer mejunjes y experimentos, eran la pesadilla de sus hermanas, una mayor y otra menor, como cierto par de constelaciones.
El año en que Neil Amstrong dio el gran salto para la humanidad, Adriana, próxima a cumplir 15 años se mudó a Los Ángeles con su familia. Unos meses antes, desde Buenos Aires había enviado una carta en español a la NASA solicitando un empleo. Para ella no representaba ningún obstáculo que en ese entonces la mayoría de los empleados fueran hombres angloparlantes que la doblaban en edad. Fue necesario esperar tres años para que se pudiera unir al JPL (Jet Propulsion Laboratory) y a partir de ese momento ningún poder del cosmos la ha podido detener.
Uno de sus primeros trabajos fue la publicación de un atlas que sirvió de guía para una misión rusa hacia Fobos, la mayor de las dos lunas de Marte. Luego hizo su aporte más importante a la ciencia: desde 1991 lideró al grupo de científicos que localizaron cerca de la población de Chicxulub, en la península de Yucatán, al escurridizo cráter de impacto dejado por el asteroide que marcó la frontera KT (Cretáceo Terciario). Este fue el gigantesco peñasco que hace 65 millones de años puso fin a los dinosaurios y a más de la mitad de las formas de vida del planeta. En realidad, la evidencia de que este semicírculo de depresiones se trataba de un cráter había sido encontrada a finales de la década de los 70 por dos geofísicos, Penfield y Camargo, que el mundo casi ignoró, en parte porque Pemex, compañía para la cual trabajaban, no permitió revelar mucha información y en parte porque para ellos el descubrimiento no era mucho más que un cráter gigante. Lo curioso es que casi al mismo tiempo, el físico Luis Álvarez proponía su gran hipótesis de que el causante del final del Cretáceo había sido un gran cuerpo extraterrestre, quizás un cometa o un asteroide. Después de una década de búsqueda, se retomó el interés por el trabajo de los geofísicos de Pemex, pero sólo fue hasta 1991, cuando Ocampo entró a jugar en el partido con la ayuda de imágenes satelitales y varias expediciones a Belize, que se encontró la correspondencia entre los hallazgos de Penfield y Camargo y las hipótesis de Álvarez. La búsqueda había finalizado, pero Álvarez no vivió lo suficiente para enterarse. Un cáncer lo sacó del juego en 1988.
El anillo tiene 180 kilómetros de diámetro, pero al parecer es una pared interior del cráter real, que se estima mide unos 300 kilómetros de diámetro. Con todo esto, si uno va caminando por ahí desprevenidamente, no lo ve; ni siquiera sospecha de su existencia; 65 millones de años son capaces de borrar las huellas más profundas en este planeta, pero Ocampo y sus sabuesos, apoyados en hombros de gigantes, han sido capaces de develar la cicatriz de una herida mortal que quitó del camino al dinosaurio (lagarto terrible) y abrió paso al homo sapiens (humano terrible).
Como decía, esta mujer no se ha estado quieta ni un minuto. Participó en la misión Viking en la que tuvo su romance con Marte. Luego tuvo amoríos con otros planetas, en la misión Voyager. Participó en proyectos en la Agencia Espacial Europea desde el 2002 hasta el 2004. Hoy en día, como administradora del Programa de Ciencias es responsable del programa Nuevas Fronteras y dirige las misiones Juno, destinada a la exploración de Júpiter, y New Horizons, a Plutón. También lidera estrategias y planeación para exploraciones a nuestro huraño vecino, Venus, que achicharra con ingratitud los carísimos presentes que le hemos enviado.
Ha sido galardonada como mujer del año en la ciencia (Los Ángeles, 1992), destacada por la revistaDiscover como una de las 50 mujeres más importantes de la ciencia (2002), ayudó a crear la primera Conferencia Espacial de las Américas, es promotora de un programa de exploración espacial en Latinoamérica y asesora a niñas y mujeres en un grupo denominado Mujeres Latinas de la NASA. Como una especie de retribución a la vida, dicta conferencias en inglés y español y responde a las cartas que envían niñas de todo el mundo a la NASA. Y bueno, un largo etcétera.
En palabras de Adriana, "su padre Víctor inspiró sus sueños y su madre les dio alas. Luego, la NASA los hizo realidad".
Después de una conferencia multimedia, con asteroides, cráteres y un velocirraptor parlanchín que interrumpía deliberadamente su discurso, Ocampo anunció una sesión de preguntas y el auditorio se erizó con los brazos que alzaban los asistentes. Yo no tenía preguntas interesantes, pero tenía que preguntar algo, así que obtuve un turno como pude. Cuando llegó el momento, me presenté atropelladamente y empecé a balbucear sobre el curso de astronomía que recibí en la biblioteca departamental. Olvidé presumir de unas clases de Cosmología que tomé en Buenos Aires y terminé mencionando a Jaime García, que se encontraba en las primeras filas. Éste, al escuchar su nombre, giró su cabeza con curiosidad, sonrió y me devolvió el saludo que le envié entre paréntesis. Finalmente, traté de concentrarme en la pregunta:
—Tengo entendido que están investigando sobre posibles impactos de meteoritos en Cali y zonas aledañas. Aunque sé que están siendo discretos con la información recopilada, me gustaría saber ¿en qué van? ¿Qué nos puede adelantar acerca de estos descubrimientos?¿Es posible que estén relacionados con extinciones masivas?
El auditorio estaba en silencio porque habían estado escuchando mi perorata. Jaime levantó mucho las cejas y volvió a su posición inicial. Me parece que intercambió con Adriana una mirada nerviosa y hasta creo haber escuchado a un inoportuno grillo. La sonrisa de Ocampo no se desvaneció, porque al parecer es físicamente imposible, pero algo cambió en su semblante por unos segundos. Luego carraspeó y dijo:
—Sí, ehm... en realidad se trata de una investigación muy preliminar. La información que estamos recogiendo está aún siendo clasificada y no hay un pronunciamiento oficial. Como bien lo has dicho, el tema se está manejando con discreción pero es probable que muy pronto haya buenas noticias que estaremos informando a la comunidad.
—Muchas Gracias—dije, y miré a mi esposa que me sonreía al lado, compasiva.
El siguiente curioso en la lista de preguntones inquirió preocupado acerca de los sucesos que ocurrirían el 21 de diciembre según los mayas. Y mientras Adriana respondía amablemente que no era especialista en ese campo, yo ya estaba desconectado y fantaseaba con llegar a la casa y encontrar en el patio un yacimiento de diamantes dejado por el impacto de algún meteorito caleño, hace unos 20 millones de años.
Cuando se levantó la sesión, mi esposa divisó a Andrés Jaramillo, su profesor preferido de la U. Me conformé con saludarlo a él, dado que para llegar hasta la doctora Ocampo había que sortear y esquivar muchos dinosaurios (lagartos terribles) que la rodeaban en ese momento.
Sintiendo un poco de celos por la admiración que le profesa mi esposa al individuo, y algo molesto por su rostro inexpresivo, intenté fastidiarlo cuando nos dijo que también estaba trabajando en la NASA:
—Ah, ¿en la NASA? ¿y también está usted lanzando sondas a Júpiter? —bromeé
—No—respondió lacónicamente, y cuando ya creía haber logrado mi objetivo, agregó impasible: —A Saturno.
Taller de Escritura Comfandi, Mayo de 2013
1 comentario:
Muy bueno! Se notan los efectos del taller de escritura con respecto a los anteriores!
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