martes, 27 de agosto de 2013

Arenales al 2200
Pluralitas non est ponenda sine necessitate
William of Ockham

La vio por primera vez cuando buscaba una moneda de un peso, que resbaló del bolsillo de un pantalón que había decidido no ponerse. Al doblar éste para guardarlo, el círculo metálico se había deslizado silencioso hasta impactar el piso, había descrito una curva muy abierta y rápidamente había desaparecido debajo de la cama. Luego se escuchó el tintineo vertiginoso que acompañaba su lento desplome. Con una mueca de desgano, se arrodilló y apoyó la sien derecha en el piso mientras entrecerraba sus ojos para enfocar la vista y acostumbrarse a la oscuridad bajo la cama. Al fondo, casi al otro lado, había una sandalia femenina sobre la cual parecían llevar mil años acumulándose decenas de motas de polvo parásitas. Cerca del centro, hacia la cabecera de la cama, un pequeño destello plateado reveló el canto de la moneda que había decidido establecerse en el punto más inaccesible de la incómoda gruta.
Pero entonces, la vio. Una figura aproximadamente esférica de aspecto verdusco y radio similar al de la moneda. Tenía una apariencia volátil, liviana, pero no parecía una mota de polvo si tomaba como referencia las que había sobre la sandalia. Por un momento, un engaño óptico la asemejó con un pequeño planeta sin estrella, oscuro y errante en la eternidad del cosmos.
La alarma del reloj interrumpió su observación y decidió que sacaría la moneda más tarde, cuando regresara a casa. Al día siguiente la mucama limpiaría el departamento y entonces él le recordaría su deber de limpiar el polvo bajo los muebles. Ahora tenía que salir a trabajar y ya se empezaba a hacer tarde. Por fortuna, no iba a necesitar la moneda fugitiva, porque el día anterior había conseguido cambiar suficientes en el banco, como para pagar una semana de viaje en colectivo.
El día transcurrió como cualquiera. Tomó el colectivo que en media hora lo llevó hasta Plaza Constitución, luego treinta o cuarenta minutos en tren hasta Berazategui, y después de la jornada laboral en la vieja fábrica, regresó a su domicilio antes de las veinte y treinta, justo a tiempo para ver "Bailando por un Sueño", sentado en la cabecera de su cama mientras devoraba un emparedado de milanesa que había comprado en el camino. Esperaba que llegara Valeria, que andaba últimamente muy ocupada, según ella. Pero no llegó ni llamó. Tampoco respondió cuando la llamó al móvil. ¡Maldita sea!, estaría histérica si fuera él. Extrañaba las "hembritas" de su país, ahora que tanto había lidiado con estas "minitas" y sus hábitos. Por culpa de ella estaba ahora idiotizado frente a la tele, viendo ese reality de porquería... por culpa de ella, había perdido identidad y ahora hablaba como ella y tenía sus vicios. Pero la necesitaba... empezó a escribir un mensaje de texto en el celular: Dejaste tus zapatos el otro día. Que sea una excusa para que vengas. Pero decidió no enviarlo considerando la posibilidad de que la sandalia no fuese de ella. A propósito de hábitos, ¡Qué ganas de fumarme un faso, che! Salió al pequeño balcón a recibir un poco de brisa otoñal, un poco de frescura que caía como un bálsamo ahora que finalizaba el verano. No pudo evitar pensar en el invierno, que según pronosticaban, sería más crudo que el del año anterior. Nevó en Berazategui, recordó desconsolado y sintió nostalgia de su país ecuatorial donde la primavera es eterna. Eran las once y en la calle Arenales aún bullía el tráfico y la gente que salía de los restaurantes pasaba conversando ruidosamente; algunos andaban incluso con sus pequeños, como si fueran las cinco de la tarde. En los edificios de enfrente se veían aún luces encendidas, siluetas difusas en las cortinas y puntos rojos intensos en los balcones, que iluminaban los rostros de otros fumadores. Le dio una chupada final al cigarrillo y con un latigazo del dedo medio, lanzó despreocupadamente la colilla al aire. Vio el punto luminoso describir su caída parabólica y estrellarse contra el pavimento generando un pequeño chisporroteo veinte metros más abajo. Luego entró y se echó de espaldas en la cama. ¡Malditos hábitos!. Arrojar colillas a la calle tampoco había sido lo suyo, pero ahora lo hacía con naturalidad.
Sin embargo no había perdido todas las buenas costumbres. Limpiaba minuciosamente sus dientes con hilo dental y cepillo y aunque al principio Valeria se mofaba, terminó convirtiéndose en una fanática de la limpieza bucal, tanto que ahora él tenía que comprar más hilo dental, que era algo escaso y además resultaba costoso.
Así cavilaba, cuando lo sobresaltó una pequeña escolopendra de unos cinco centímetros y muy oscura que venía desde la entrada y se deslizaba por el suelo rápidamente hacia la cama. Se sentó y sin bajar los pies agarró un zapato y asestó un golpe que resultó fallido. El animalejo se escabulló debajo de la cama en dirección a la cabecera y él quedó frío y tembloroso, con el zapato en la mano. Seguramente padezco de "Centipodofobia". Se armó de valor y bajó para mirar debajo de la cama. Al apoyar la sien en el parqué sintió algo como un Déjà Vu, aunque de inmediato supo que no era tal, porque el evento de la moneda prófuga había ocurrido efectivamente en la mañana. Entonces recordó el destello del canto de la moneda, las motas de polvo, la sandalia abandonada... y la cosa esférica, la extraña bola texturizada de color verde, o quizá gris. Después de unos segundos su vista se acostumbró a la oscuridad. La vio nuevamente y detrás de ella había otra, al parecer más pequeña. O tal vez era la perspectiva. Le extrañó que no la hubiera visto en la mañana, pero tal vez no había mirado el tiempo suficiente. Luego vio otra, y otra... en menos de un minuto logró ver seis o siete esferas similares. La esfera parecía un sistema planetario sin sol. Se sintió inmerso en la oscuridad y las esferas parecieron muy grandes, cada vez más grandes y oscuras y al mismo tiempo él cada vez más pequeño. Sintió un miedo inexplicable, como si de repente estuviera absolutamente solo en la inmensidad del cosmos. Pero solo fue una sensación momentánea y de nuevo vio el piso marrón bajo su mejilla. Y el piso se oscurecía progresivamente hasta llegar a la negra zona donde habitaban las misteriosas pelotitas, pequeñas otra vez.
Necesito Una linterna. El arrendatario le había entregado una con el inventario del contrato. El corazón palpitaba con fuerza y su respiración era agitada cuando regresó de la cocina. Se echó nuevamente al piso y apuntó la luz hacia la zona oscura. De repente abrió mucho los ojos y su primera reacción fue apagar la luz de la linterna. La mezcla de emoción, miedo y curiosidad le revolvió el estómago. Luego encendió nuevamente la luz, iluminó el lugar y miró detenidamente: había unas cincuenta bolas esparcidas en un área equivalente a un tercio del área de la cama, la mayoría agrupadas cerca de la cabecera. De color verde brillante, su textura ahora se asemejaba más a pequeños cerebros de extraterrestres que a planetas hostiles y cuando una de ellas se movió, o pareció moverse, ya no pudo soportar más y se levantó lívido, pensando que esas cosas podrían estar vivas y tener malas intenciones. Tuvo un momento de duda acerca de su propia salud mental, pero luego pensó que tal vez el ciempiés en su alocada carrera habría golpeado la bola y eso explicaría el breve movimiento. Pero no estaba satisfecho; el salvavidas de la navaja de Ockham suele sucumbir al pavoroso poder del miedo y en su lugar cobran sentido las pesadillas más absurdas que residen en el subconciente.
Empezó una lucha interna para tomar una decisión: mover la cama y revelar la verdad a riesgo de morir (el miedo es sarcástico y su humor, negro). O bien huir despavorido de Argentina y refugiarse en el regazo de su madre, en donde esas cosas no ocurren. Quizás sus razonamientos absurdos confirmaban su demencia, pero atenuaron su miedo y una fuerza invisible le permitió levantarse del piso, se acomodó al otro lado de la cama y empujó. La fuerza que aplicó inicialmente desplazó el mueble solamente un centímetro. La puta... cómo pesa. Apoyó uno de los pies desnudos en la base de la pared y empezó a empujar de nuevo. En ese momento, la negra y alargada figura del ciempiés salió de debajo de la cama y se dirigía veloz hacia el pie que tenía apoyado. Sintió impotente un chillido ahogado escapando de su garganta y dio un saltito afeminado sin poder controlar la caída, viendo con impotencia cómo el animal quedaba bajo la planta del pie. El segundo chillido fue de asco y un escalofrío lo recorrió desde el pie hasta la cerviz, mientras observaba desconsolado, aunque aliviado, la mancha amarillenta que embadurnaba su pie y las tripas del bicho dibujando líneas radiales en el piso. Tardó unos segundos en reponerse al suceso, pero luego se limpió apresuradamente contra el suelo, sintiendo aún frío en la espina dorsal y apoyando de nuevo el pie en la pared empujó con fuerza como queriendo invocar de una vez, todas las calamidades que le aguardaban esa noche.
La cama se movió lo suficiente para dejar varias bolas al descubierto. Se quedó mirándolas fijamente y tratando de explicar la apariencia que  presentaban bajo la luz del foco. No eran temibles, no parecían planetas ni diminutos cerebros verdes, pero eso no las hacía menos extrañas. ¿Qué putas es esto? Se inclinó y tomó una; era un ovillo de lana verde, brillante. Tomó un hilo y tiró de él hasta que quedó separado del ovillo. Medía unos veinte centímetros y comprobó que no era lana. ¿Hilo dental? Su rostro estaba muy tenso; del miedo había pasado a la vergüenza y ahora empezaba a experimentar cólera. Desprendió otro hilo y comprobó que tenía la misma longitud. Al cabo de unos momentos el falso planeta estaba convertido en veintisiete trozos iguales de hilo dental en apariencia intactos, aunque un poco pálidos. Por su longitud resultaban casi inútiles para limpiar los dientes y entonces se le ocurrió que sólo los podrían haber usado para una cosa. Con una mueca de asco, se aventuró a probar uno y comprobó que no tenía sabor.
— Tienen gustito a menta, — le había oído decir a Valeria a veces. La re mil puta que la parió.
Quedó absorto un tiempo indefinido, con el corazón a punto de reventarle el pecho. Luego reunió los ovillos en un montón.

Desde el balcón del departamento contiguo, un vecino desconcertado escuchó un grito de naturaleza indefinida y vio como el aire fresco de la noche era súbitamente surcado por dos sandalias que giraban como hélices y aterrizaban en Arenales, ahora solitaria y silenciosa. Detrás de ellas había quedado, como un rastro radiactivo, una nubecilla verdusca e inexplicable, que bajaba lenta como un diminuto paracaídas hasta perderse en la oscuridad.

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