Luego de terminar con mi apoyo en un escueto y aburrido análisis de inconsistencias en los datos, recojo mi libreta de apuntes, mi carné, que aún tiene el olor del plástico nuevo y un bolígrafo mordisqueado que apesta levemente a mi propia saliva. Me pongo de pie y luego de despedirme con una sonrisa torcida, salgo del cubículo hacia el pasillo, que ahora se me presenta como una larga calle de baldosas bruñidas y que me invita a conducir por ella. Me dirijo con paso sosegado hacia mi cubículo… al fondo, a la derecha. Las hileras laterales de cubículos pasan a ambos lados como las esquinas solitarias de una ciudad y en ellas veo una que otra sombra alargada con el rabillo del ojo. Cuando las miro, se materializan en compañeros de trabajo que están haciendo visita, o buscando a alguien. Alcanzo también a ver las cabezas de los que están sentados trabajando y me da la impresión de que son enormes huevos peludos en un gigantesco panal. O quizá larvas de avispas en su nido. Alzo un poco más la cabeza para apreciar mejor a Lisa, que hoy vino más bella que de costumbre y me alcanza a regalar una sonrisa cuando ya está desapareciendo de mi campo visual. Nos regalamos unos ‘hola’ coquetones que se estrellan suavemente contra ambos lados de la pared de su cubículo y quedan buscándose desesperadamente, mientras yo continúo mi camino. En una de tantas cuadras veo, o creo ver a Norma, conversando con alguien. Me siento como un caminante descomunal y hasta creo que una estúpida sonrisa se asoma tenuemente a mi triste rostro. Se acaba el paseo, cruzo en la próxima esquina a la derecha y me dirijo a mi puesto, a instalarme como una larva más. Le sonrío a Norma, que se asoma apoyada con los brazos en el escritorio de su vecino, con el cual charla amenamente. Me dejo caer perezosamente sobre mi asiento y arrojo con desgano la libreta, el carné y el bolígrafo sobre el escritorio.
De pronto, caigo en la cuenta. Creo que abro mucho los ojos y automáticamente se dirigen sorprendidos hacia Norma, que sigue con su entretenida conversación.
Acabo de verla… en el puesto de…
Mi modorra se esfuma de súbito, y salto como impulsado por resortes. Corro hacia el puesto de… ¿cómo se llama? No sé, pero es en la tercera fila. Ya no me siento un gigante recorriendo una ciudad amurallada. Ahora soy un pobre imbécil en un laberinto de cubículos. Mi paso es apresurado y me siento un poco ansioso. Debe haber sido otra persona. Giro en la tercera esquina hacia la izquierda y ¡Ahí está!... ¡Norma! Parece una escena copiada de la anterior, pero esta vez el interlocutor es…
¡Camilo! Así es que se llama este güevón.
¿Qué diablos es esto? No sé si correr de un punto a otro hasta que una de las dos desaparezca y luego tratar de buscarle una explicación lógica, o coger a alguien del brazo y arrastrarlo hacia mi descubrimiento, arriesgándome a que me encierren en un manicomio. Se me ocurre que también puedo invitarla a ella misma, hacia su cubículo, donde charla con Miguel, pero repentinamente me da un temor infinito de causar un evento cuántico de consecuencias cataclísmicas.
Debo asegurarme de que la otra Norma aún sigue allá, pero no quiero perder de vista la que tengo ante mis ojos. Nada puedo hacer. Los escenarios no se intersectan ni siquiera con la ayuda de los ventanales del fondo, que podrían reflejarla, pero el ángulo no ayuda. Me desplazo sin perder más tiempo hacia el otro lado, con brinquitos que podrían dejar en duda mi reputación. Estoy fascinado… y aterrado. Esto cambia totalmente lo que hasta ahora había concebido acerca de la naturaleza del Universo. Ahí está… ¡Porca Miseria!, esto va a enloquecerme.
De pronto, sus negros ojos se posan en mi atribulada figura y advierto en ella una expresión de extrañeza, como auscultando mi mente. No sé qué decir. Entonces, ante la mirada atónita de Miguel, la tomo del brazo y atropelladamente la llevo al otro lugar. Antes de llegar a la esquina, me detengo, la sujeto con firmeza para que no continúe, y asomo mi cabeza. Ahora no tengo dudas… está ocurriendo lo imposible: ella está ahí, con Camilo, pero yo la tengo sujeta acá al otro lado. Decido arriesgarme a invocar el fin del mundo porque necesito saber de qué se trata todo esto. Pero justo al halarla hacia mí, para que se vea a ella misma, el cataclismo ocurre. Todo se oscurece ante mis ojos estupefactos, el mundo se desvanece y después no sé más.
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3 comentarios:
Ahhh Juep.... Que Chimba Güevon !!. Muy bacano pollo.
Hey!!! Me dejaste con ganas de saber que le ibas a decir a Norma!!... Muy chevere deberias escribir mas seguido!!
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